El cuerpo de mamá: el primer hogar después del nacimiento

Imagina por un momento cómo es el lugar donde un bebé vive durante nueve meses.

Un espacio donde todo llega sin esfuerzo.

Está rodeado de agua, de movimiento, de calor. Un lugar pequeño y contenido donde no hay nada que hacer para estar bien. Su cuerpo recibe alimento, temperatura y protección sin tener que pedirlo.

Escucha sonidos conocidos: los latidos del corazón de su madre, los movimientos de su cuerpo, una voz que aparece una y otra vez acompañándole durante todo este tiempo.

Ese es su mundo.

No conoce nada más.

Cuando llega el nacimiento, de pronto, todo cambia.

El espacio que le rodeaba desaparece. Ya no está en contacto con el agua, sino con el aire. La temperatura cambia, es más fría. Los sonidos llegan con mayor intensidad. Desde la penumbra, aparece la luz. Su cuerpo comienza a respirar de una manera diferente.

Es un momento muy impactante.

Un momento de esfuerzo y de transformación.

Y, en medio de todo ese nuevo campo de sensaciones, su cuerpo busca algo que le resulte conocido.

Busca señales que le digan:

«Estoy a salvo».

Porque para un bebé recién nacido la seguridad no es una idea que pueda comprender. Es algo que reconoce a través de su cuerpo, de sus sentidos.

¿Dónde están los latidos que he escuchado desde que empecé a vivir?

¿Dónde está la voz que conozco?

¿Dónde está ese olor que me resulta familiar?

¿Y el calor que me envolvía?

Y entonces aparece algo que ya conoce:

Tu piel.

Tus brazos.

Tu voz cercana.

Tu olor.

Tu presencia.

Después del nacimiento, tu cuerpo, ahora fuera del útero, sigue siendo el lugar conocido en medio de un mundo completamente nuevo.

Desde la primera hora de vida, tu bebé necesita encontrarse contigo. Volver a compartir intimidad corporal. Escuchar de nuevo tu corazón, descansar sobre tu pecho, sentir tu calor y esa sensación de estar recogido y protegido.

Y no porque fuera del útero no pueda estar bien.

Sino porque acaba de llegar a un lugar enorme y nuevo, lleno de sensaciones que todavía está aprendiendo a conocer.

Tu cercanía le ayuda a ir ordenando toda esa nueva experiencia.

Quizás en tu parto no pudo hacerse este contacto corporal inmediatamente después del nacimiento. Quizás hubo que atender al bebé, a ti, o las circunstancias fueron diferentes a lo que imaginabas.

Cada nacimiento tiene su propia historia.

Tu bebé puede seguir encontrándote muchas veces después.

Cada vez que le sostienes, cada vez que compartís intimidad corporal, cada vez que respondes a sus necesidades con presencia, le estás ofreciendo una experiencia profunda:

«Estoy aquí, contigo».

Poco a poco descubrirá este mundo nuevo.

No tiene prisa.

Necesita tiempo para acostumbrarse a tantos sonidos, tantas luces, tantas sensaciones desconocidas.

Piensa en el cambio tan grande que acaba de vivir.

Está atravesando una transición.

Y no te extrañes cuando, cada hora y media, tu bebé llore reclamando tu pecho y tu contacto. Estate tranquila. No le pasa nada fuera de lo normal, ni estás haciendo algo incorrecto.

Está asegurándose de que estás ahí.

Necesita volver a encontrarte.

Su sabiduría interna sabe cómo hacerlo.

Despierta.

Llora.

Pide.

Desde la seguridad de tu cercanía podrá abrirse suavemente al mundo.

Y a ti también te ayudará a sintonizar con la expresión única de tu bebé. Juntos continuaréis construyendo ese diálogo silencioso que va más allá de las palabras.

Un lenguaje que se siente.

Una comunicación que se vive.

Descubrirá que el mundo también puede ser un lugar seguro.

Beatriz Zorraquín

Guía Montessori, terapeuta Gestalt especializada en terapia infantil y salud perinatal. 

Acompaño a familias desde el embarazo, la crianza temprana y la infancia, favoreciendo vínculos seguros que permitan a los niños crecer con confianza, autoestima y conexión con su propio potencial.

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