Querida maestra,
Disfrutaba de mi formación como guía Montessori hasta que te conocí. A partir de entonces, todo se dimensionó: no solo la disfrutaba, sino que empezó a vibrar en mi propia piel y a expandirse el deseo de seguir avanzando. Ya no se trataba únicamente del niño, sino también de mí, de mi camino de desarrollo y de la toma de conciencia de mis propias expectativas y necesidades, que no son las del niño.
La preparación de la Guía no se aprende normalmente en las formaciones. Y, sin embargo, es el pilar fundamental para que la relación y el ambiente funcionen.
En ti vi la presencia al acompañar a un niño
Nada interrumpe ese momento de conexión. En cada presentación priorizas el vínculo con el niño, la mirada, la escucha de cada movimiento, la belleza del descubrimiento, el respeto por cada ritmo único e irrepetible, por cada forma de ser, y al mismo tiempo la escucha hacia mí misma, que permite mi propia regulación y la del niño.
El aula se convierte en un espacio sagrado donde la vida acontece: donde los procesos pueden desplegarse, donde el tiempo se paladea y se goza. El presente mismo.
Contigo aprendí a compartir con el niño el aquí y ahora, donde la vida tiene lugar.
Otro de mis grandes aprendizajes contigo fue vivenciar el arte de poner límites
Una estructura clara, firme, serena y coherente que el niño necesita para moverse con libertad. El niño se expande y puede deleitarse, crecer, integrar con seguridad lo que aparece dentro de esos límites.
Sin un cauce, o con un cauce no delimitado, aparecen las fugas, las inseguridades, la desprotección y el niño ya no explora con seguridad, sino que necesita estar alerta de tanto estímulo que no puede manejar por su corta edad. El adulto no está ahí, no está presente para su regulación. Y el niño se pierde y, junto a él, el ambiente se descompensa.
Tu calma y presencia, una vez más, cristalina como agua de un arroyo, facilita el camino del niño y deja espacio para que el niño pueda expandirse en su descubrimiento seguro del mundo.
Ningún lugar podrías haberme recomendado mejor que la Escuela de Niños Rakara, en Creel, Chihuahua, para hacer mis prácticas y vivenciar de primera mano el vínculo con el niño que yo encontraba en los libros de María Montessori. Fue la claridad y el impulso que necesitaba para iniciar nuestra propia escuela Montessori Surachi.
Cuando comencé, nada fue sencillo: el manejo de los niños, de sus emociones y de las mías propias fue desbordante.
Ahí llegaste tú, una vez más, con tu ejemplo, tu sostén, tu sabiduría y tu confianza. Como aprendiz hambrienta de tu práctica, me dejaba empapar por la atmósfera nutricia que creabas cada vez que venías.
Gracias por tu seguimiento, tu cercanía, tu presencia y tu respeto hacia el desarrollo de cada niño. Por tu generosidad al transmitirte tu conocimiento y experiencia. Es un aprendizaje orgánico y trascendental que sigue vivo en mí cada vez que me acerco a un niño.
Tus semillas siguen creciendo cada día y expandiéndose en cada niño, en coherencia con tu profunda motivación de contribuir a una Educación para la Paz.



