Si tuviera que empezar con algo en la relación con tu hijo, empezaría por aquí: la presencia.

Podría darte definiciones más complejas o abstractas, pero prefiero empezar desde algo muy concreto: 

Cómo se ve la presencia en la vida real, en un momento cotidiano.

Imagina esto.

Tu hijo sale del colegio y tú estás ahí, esperándole. Entre medias pueden pasar muchas cosas: se retrasa la salida, miras el móvil, recibes un mensaje, otra madre se acerca a hablar contigo. La vida sigue ocurriendo mientras tú esperas.

Y de pronto se abren las puertas.

Tu hijo sale, levanta la vista y te busca.

Pero no siempre te encuentra.

Porque a veces tu cuerpo está allí, pero tu atención está en otra parte.

Y entonces la pregunta no es solo si estás presente, sino si tu hijo puede encontrarte disponible en ese momento.

Cuando un niño sale del colegio, no está solo cambiando de espacio. Viene de horas de experiencias, de vínculos, de emociones, de momentos agradables y otros más difíciles. Y en ese tránsito busca algo muy concreto: tu mirada.

No es una idea abstracta. Es algo muy físico, muy cotidiano: que le mires, que le reconozcas, que te detengas un segundo de verdad.

Muchas veces basta con algo sencillo: una mirada que dice “qué bien que has llegado”, un abrazo sin prisa, un instante en el que no hay nada más importante que ese reencuentro.

Y ahí ocurre algo que no siempre se ve a simple vista, pero que es fundamental.

Cuando un niño tiene estos momentos repetidos de presencia real —cuando te encuentra de verdad en ese momento, cuando no solo estás, sino que estás disponible para él—, algo en él se ordena por dentro.

Es como si se llenara de ti

De tu mirada, de tu atención, de tu manera de estar con él en ese instante.

Y eso tiene un efecto muy concreto en su día a día.

Un niño que vive esa experiencia de manera cotidiana no necesita estar reclamando de forma constante la atención, ni entrar en tanta urgencia para sentirse visto. Le resulta más fácil tolerar los momentos en los que no puedes estar disponible. Le resulta más fácil esperar, frustrarse o enfadarse sin sentirse perdido.

 

Su cuerpo sabe que ese vínculo está ahí

No porque haya aprendido una técnica, sino porque dentro de él hay una base más estable.

Un recuerdo corporal, repetido muchas veces, de que el vínculo sigue ahí incluso cuando no estás en ese instante concreto. 

No se trata de estar todo el tiempo. Eso no es posible ni necesario. 

Se trata de algo más sencillo y sutil: que haya momentos suficientes en los que tu hijo pueda sentir que cuando estás con él, estás de verdad con él.

Y desde ahí cambia mucho la forma de vivir el resto del día.

Puedes atender otras cosas, poner límites, cocinar, trabajar o responder llamadas, y él puede atravesar esas ausencias con más seguridad interna. Porque no parte de un vacío, sino de un vínculo que ha sido cuidado antes.

No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de cuidar la forma en la que estás cuando estás.

Que no sea solo tu cuerpo el que llega a la puerta del colegio.

Sino también tu atención.

Tu mirada.

Y tu presencia.

Y entonces, en ese gesto tan cotidiano, ocurre algo muy simple y muy profundo a la vez:

Tu hijo te encuentra.

Cuando te busca, te encuentra.

Beatriz Zorraquín

Guía Montessori, terapeuta Gestalt especializada en terapia infantil y salud perinatal. 

Acompaño a familias desde el embarazo, la crianza temprana y la infancia, favoreciendo vínculos seguros que permitan a los niños crecer con confianza, autoestima y conexión con su propio potencial.

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