Fue haciendo mis prácticas Montessori en Creel cuando Adriana, fundadora y guía de Casa de Niños Rakara, me habló de unos retiros en silencio en los que se combinaba familia y silencio. ¿Cómo? ¿Podía ser posible esta combinación?
Sí, lo es. Descubrir las enseñanzas de Thay, como lo llaman cariñosamente dentro de la comunidad monástica, fue como encontrar el agua suave de mayo que necesita una planta para nutrirse y seguir creciendo.
Hablar de presencia es verte a ti. La práctica de la Plena Consciencia es el legado que dejaste en este mundo. Tus enseñanzas son sencillas y de práctica cotidiana; no son difíciles de entender ni enrevesadas. Tan solo requieren un ingrediente indispensable: la práctica.
Sencillas y profundas a la vez. Cada respiración, cada paso, cada movimiento consciente, lleva en sí mismo elementos de escucha, autoconocimiento y transformación; una transformación que no se fuerza, sino que aparece como fruto de un entrenamiento suave y constante.
Biológicamente, parece tratarse de reeducar los circuitos neuronales y ofrecerles nuevos caminos de respuesta, ampliando la mirada para poder ver no solo lo que me falta, sino también todo lo de lo que ya dispongo. La felicidad existe alrededor de mí y solo necesito detenerme conscientemente para poder apreciarla. Aprendo a través de ti, Thay, a darle a mi cuerpo y a mi mente herramientas que facilitan un nuevo acercamiento a lo que me ocurre.
Además, no de cualquier manera: no por imposición o esfuerzo, sino con delicadeza, mimo y amabilidad hacia mí misma y hacia los demás. Respetando procesos, permitiendo que lo que tenga que ser pueda llegar, y no tanto que sea yo la que se empecina en ir a por ello con fecha estimada.

Me doy cuenta de que primero está el amor a lo que es y la capacidad de darle presencia y luz, con la energía de la Plena Consciencia que, si me lo propongo, puedo traer en cualquier momento, con cada respiración. Después, la confianza en el proceso va dando sus frutos.
Uno de tus trabajos y motivaciones fue llegar a las personas que trabajan con niños, bajo el lema: “Los educadores felices cambiarán el mundo”, sabiendo que los niños, futuros adultos del mañana, necesitan bases seguras y felices para desplegar su potencial humano. Y así, tus pasos me guiaron en nuestra escuela, mostrándome cómo pulir el diamante de la presencia y el arte de descubrir el momento presente.
Es este un camino de vida, querido Thay, que empezó un buen día y que sigo recorriendo con curiosidad cada día. Una práctica que serena mis emociones y me permite ver con más claridad mis necesidades y las de los demás. Sin metas, tan solo recorrer el camino ya me ayuda.
Como tú decías: “Allí donde haya una respiración consciente, allí estaré yo”, así también yo te encuentro en cada una de mis respiraciones y movimientos conscientes. Gracias, querido Thay, por ayudarme a ser una humana más plena y a sentirme más feliz.
«Los educadores felices cambiarán el mundo.»
Thich Nhat Hanh



