Te encanta trabajar con niños.

Sabes que es una labor vocacional.

En el camino se entremezclan muchas emociones.

Hay días en los que vuelves a casa con una sonrisa, recordando una conversación, una ocurrencia o un pequeño descubrimiento de alguno de tus alumnos. Y otros en los que regresas con la mente agotada, sintiendo que has entregado toda tu energía para sostener lo que iba sucediendo durante la jornada.

Acompañar a niños implica estar presente para muchas cosas a lo largo del día.

Y hay situaciones que te ponen a prueba.

Hay mañanas en las que un niño llega al aula y, desde el primer momento, notas que va a requerir más tiempo, más energía y más paciencia.

Le das los buenos días y, sin responder, pasa de largo.

Mientras sus compañeros empiezan a enfocarse, él parece no encontrar su lugar. Va de un lado a otro, habla con unos y con otros, interrumpe trabajos y empieza a tocar el material de los demás.

Tú observas.

Le das tiempo.

Confías en que pueda ir entrando poco a poco en la dinámica del aula.

Pero no sucede.

Te acercas y le recuerdas las normas. Tratas de redirigirle.

Él se marcha riéndose.

Y aunque todavía mantienes la calma, algo dentro de ti empieza a moverse.

Cuando unos minutos después vuelve a desconcentrar a un compañero, te acercas con un paso más rápido que las veces anteriores.

—No puedes desconcentrar a tu compañero. Busca tu propio trabajo.

Y entonces escuchas:

—No me da la gana.

En ese instante notas cómo algo cambia dentro de ti.

Aparece un calor en la boca del estómago.

La respiración se acelera.

La mandíbula se tensa.

“¿Quién se ha creído este niño que es?”

Tu cuerpo se prepara para responder.

Esta reacción ya la conoces. Sabes hacia dónde te lleva. Y también sabes que, después, muchas veces habrías preferido responder de otra manera.

Ahora quiero invitarte a detenerte un momento.

Justo aquí.

En ese instante que separa lo que estás viviendo de la forma en la que eliges responder.

Porque entre el estímulo y tu respuesta puede abrirse un espacio.

Un espacio que nace cuando empiezas a reconocer las señales que aparecen en ti antes de reaccionar.

Y desde ahí empieza otra forma de acompañar a un niño.

Aparecen nuevas posibilidades.

Puedes recuperar el mando consciente de la situación.

Ya no estás completamente arrastrado por una reacción automática.

Puedes preguntarte:

¿Cómo quiero responder?

¿Desde qué lugar quiero poner este límite?

Quizás en ese momento necesites respirar profundamente.

Quizás alejarte unos segundos.

Quizás recordar una frase que te ayude a volver a tu centro.

Cada persona irá encontrando aquello que le funciona.

Pero estas herramientas no aparecen por arte de magia cuando ya estás al borde de estallar.

Necesitan haber sido pensadas y entrenadas antes.

Del mismo modo que un músico no aprende una pieza el día del concierto, tampoco aprendemos a escucharnos por primera vez en el momento de mayor tensión.

Esa capacidad también se entrena.

Y el primer paso no consiste en cambiar lo que haces.

Consiste en aprender a reconocer lo que sientes.

Para muchas personas esto no resulta sencillo. No porque les falte interés o voluntad, sino porque nadie les enseñó a prestar atención a lo que ocurría dentro de ellas.

Reconocer la tensión del cuerpo, la aceleración de la respiración o ese calor que aparece antes de reaccionar es comenzar a conocerse de una forma diferente.

Eso no significa que no vayas a poner un límite.

Al contrario.

En ese momento, el límite sigue siendo necesario.

El niño tampoco está actuando desde un lugar tranquilo. Algo le está ocurriendo y lo expresa de la mejor manera que sabe en ese momento.

Necesita que un adulto sostenga la situación con claridad y firmeza.

Necesita que alguien tome el mando cuando él no puede hacerlo.

Pero una cosa es poner un límite desde el desbordamiento emocional.

Y otra muy distinta hacerlo desde un lugar en el que sigues estando presente.

Los niños no necesitan adultos perfectos.

Necesitan adultos que puedan escucharse a sí mismos incluso en los momentos difíciles.

Porque cuando eso ocurre, el límite deja de ser una reacción.

Se convierte en una forma de cuidado. Hacia ti y hacia él.

Cuando puedes volver a ti y elegir esa nueva respuesta -esa que, poco a poco, vas entrenando-… entonces, también puedes volver al niño desde otro lugar.

Un lugar donde puede sentirse seguro mientras atraviesa aquello que todavía no sabe sostener por sí mismo.

Beatriz Zorraquín

Guía Montessori, terapeuta Gestalt especializada en terapia infantil y salud perinatal. 

Acompaño a familias desde el embarazo, la crianza temprana y la infancia, favoreciendo vínculos seguros que permitan a los niños crecer con confianza, autoestima y conexión con su propio potencial.

Más contenido para ti: